José María Pemán (1898-1980)



Entre los geranios rosas

¡Entre los geranios rosas,
una mariposa blanca!

Así me gritó la niña,
la de las trenzas doradas:
-corre a verla, corre a verla,
que se te escapa.

Por los caminos regados
del oro nuevo del alba,
corrí a los geranios rosas,
¡y ya no estaba!

Volví entonces a la niña,
la de las trenzas doradas.
«No estaba ya», iba a decirle.
pero ella tampoco estaba.
A lo lejos, ya muy lejos,
se oían sus carcajadas.

Ni ella ni la mariposa;
todo fue una linda trama.

El jardín se quedó triste
en la alegría del alba,
y yo solo por la sola,
calle de acacias.

Y esto fue mi vida toda:
una voz que engañó el alma,
un correr inútilmente,
una inútil esperanza…

¡Entre los geranios rosas,
una mariposa blanca!

Primavera

¡Retrásate un instante, primavera!
Apacigua el anhelo impaciente de tus rosas.
Entretén con tu tibio y dulce engaño
la flor del alhelí.
¡Todavía este año,
primavera, es temprano para ti!
Todavía es temprano.
Todavía la tierra tiene un sollozo humano
junto al cual el arpegio
de tu soplo florido será vana armonía.
Los hombres todavía
tomarán, primavera, a sacrilegio
la desnuda y alegre pagana
de tus campos en flor.
Y todavía aquel abuelo
que ha perdido el amor
de su clavel florido, sentirá con rencor,
como una burla de su duelo,
tu paso indiferente de cisne sin dolor.

No vengas todavía.
Ven cuando vuelvan los enamorados:
cuando se llene, cual de sol, el día
de un asombro de gozos recobrados.
Cuando se canten cosas
que llenen de alborozo todo el aire español.

Ven cuando se sonrían las esposas
y cuando las muchachas, coronadas de rosas
salgan a los caminos floridos de alto sol.
Ven cuando aquella dulce madre vieja
alce sus ojos claros y deje de llorar:
y el padre de familia mande matar la oveja
y echar el mejor tronco de pino en el hogar.
Entonces: cuando todo florezca de alegría,
cuando enmudezca el aire, cuando se aclare el día,
cuando se llene, alegre, la blanca carretera
de mujeres, y niños, y soldados detrás…
¡Entonces, tú, adelante, primavera,
con la espiga, la rosa, el laurel… y la paz!

Amanecer

Sobre una faja de añil,
nube roja y claro rayo,
junto a la sombra de mayo
se estaba muriendo abril.

Un soplo alegre y gentil
mecía la rosa bella:
y mediando en la querella
de la noche con el día,
sobre los montes nacía,
en vez de sol,… una Estrella!

Yo te siento en la rosa

Yo te siento en la rosa.
Tanto más grande siento yo mi alma,
cuanto son más pequeñas
las cosas que la mueven.

¡Ay esas almas lentas
como animales hartos,
que van a Ti pisando mansamente
sobre el fango sonoro y necesitan
para reconocerte
la voz de la tormenta o la engolada
frase inmensa y solemne!

Señor:
Yo te siento en la rosa
y en la nieve
y en la rama sin flores
y en el plátano verde
que sombras, en el centro
de la plaza, la fuente.