Leopoldo Panero (1909-1962)



Por donde van las águilas

Una luz vehemente y oscura, de tormenta,
flota sobre las cumbres del alto Guadarrama,
por donde van las águilas. La tarde baja, lenta,
por los senderos verdes, calientes de retama.

Entre las piedras brilla la lumbre soñolienta
del sol oculto y frío. La luz, de rama en rama,
como el vuelo de un pájaro, tras la sombra se ahuyenta.
Bruscamente, el silencio crece como una llama.

Tengo miedo. Levanto los ojos. Dios azota
mi corazón. El vaho de la nieve se enfría
lo mismo que un recuerdo. Sobre los montes flota

la paz, y el alma sueña su propia lejanía.
Una luz vehemente desde mi sueño brota
hacia el amor. La tarde duerme a mis pies, sombría.

César Vallejo

¿De dónde, por qué camino había venido,
soplo de ceniza caliente,
indio manso hecho de raíces eternas
desafiando su soledad, hambriento de alma
insomne de alma, hacia la inocencia imposible;
terrible y virgen como una cruz en la penumbra,
y había llegado hasta nosotros para gemir,
había venido para gemir, aunque callaba tercamente
en su corazón ilusorio,
agua trémula de humildad
y labios que han besado mucho de niño?

Callaban, llenas de miedo, sus palabras,
lo mismo que al abrir una puerta golpeando en
la noche, transparente, secretamente vivo en la tierra,
transido en las mejillas de palidez y de tempestad en
los huesos; y el eco cauteloso de sus plantas desnudas
era como la hierba cuando se corta;
y su frente de humo gris,
y sus mandíbulas dulcemente apretadas.

Indio bravo en rescoldo y golondrinas culminantes de
tristeza, había venido, había venido caminando,
había venido de ciudades hundidas y era su corazón
como un friso de polvo,
y eran blancas sus manos todavía,
como llenas de muerte y espuma de mar;
y sus dientes ilesos como la nieve,
y sus ojos en sombra quemados y lejos,
y el triste brillo diminuto de su mirada infantil.

Y estaba siempre solo, aunque nosotros le quisiéramos,
ígneo, cetrino, doloroso como un aroma,
y estaba todavía como una madre en el rincón
donde envejecen las lágrimas,
escuchando el ebrio galope de su raza y el balar de las
ovejas recién paridas,
y el sonido de cuanto durmiendo vive
en el sitio de la libertad y el misterio.

¡Ay!, había venido sonriendo, resonando
como un ataúd, hondamente, descendiendo de
las montañas, acostumbrado al último rocío,
y traía su paisaje nativo como una gota de espuma,
el mar y las estrellas llegaban continuamente a
su abundancia, y lejos de nosotros, no sé dónde,
en un rincón de luz íntimamente puro.
Después hizo un viaje hacia otra isla,
andando sobre el agua, empujado por la brisa su
espíritu y un día me dijeron que había muerto,
que estaba lejos, muerto.
sin saber dónde, muerto
sin llegar nunca, muerto,
en su humildad para siempre rendida, en
su montón de noble cansancio.