César González-Ruano (1903-1966)



A una joven muerta

¿Estás segura tú que preferías
la sombra de las flores a nosotros?
¿No habrás equivocado tu destino
marchándote de aquí? ¿No te veremos
ya nunca más desnuda? Eso es tremendo.
Late mi sangre en la prisión abierta
de la húmeda nostalgia. ¿Te olvidaste
del comedor en sombra de persianas
–c Alcalá de Madrid, dos menos cuarto–
y de aquel «¡No, no, César» reducido
por mi entusiasmo desbocado y loco?
Han pasado, no sé, nueve, diez años…
¿Qué deshielo los copos de tu nieve
deshacen en tu pecho? ¿Qué habrá sido
de aquella pelusilla de muchacho
que confirmaba en ti la Primavera?
¿Qué tierra seca el agua de tu pelo?
¿Oyes hablar la verde y dulce lengua
de los árboles serios? ¿Te enterraron
con la misma camisa de aquel día?
No puedo imaginarte. ¿Estás contenta
de no ir a la oficina? Tengo miedo
de que todo haya sido un mal negocio,
una locura tuya de muchacha.


Sobre quién era aquel que dijo

Alguien, cuando pase el tiempo
y encuentre mi calavera,
el tiro que no me he dado
buscará en la sien entera.

Y en las cuencas de mis ojos
querrá adivinar tal vez
lo que vi… cuando veía
y que yo nunca miré.

A ese piadoso erudito
que busque el paso borrado
-¡un débil paso terreno!-
de la vida de un cansado
de sí mismo, quiero dar
esta confesión tardía
resuelta en un epitafio
pues que puedo todavía:

Vino, venció. Fue vencido
en lo que quiso vencer.
Escribió, y en el tintero
dejó lo que quiso hacer
por hacer lo que quisieron:
Y se fue.