Francisco Villaespesa (1877-1936)



La rueca

La Virgen cantaba,
la dueña dormía…
La rueca giraba
loca de alegría.

-¡Cordero divino,
tus blancos vellones
no igualan al lino
de mis ilusiones!

Gira, rueca mía;
gira, gira al viento…
¡Amanece el día
de mi casamiento!

¡Hila con cuidado
mi velo de nieve,
que vendrá el Amado
que al altar me lleve!

Se acerca… Le siento
cruzar la llanura…
Sueña la ternura
de su voz el viento…

¡Gira, rueca loca;
gira, gira, gira!
¡Su labio suspira
por besar mi boca!

¡Gira, que mañana,
cuando el alba cante
la clara campana,
llegará mi amante!

¡Cordero divino,
tus blancos vellones
no igualan al lino
de mis ilusiones!

La luz se apagaba;
la dueña dormía;
la Virgen hilaba,
y sólo se oía

la voz crepitante
de la leña seca…,
y el loco y constante
girar de la rueca.

Jardín de otoño

Corazón, corazón martirizado
por todos los dolores…
Un jardín otoñal abandonado
sin aves y sin flor­­es.

Las largas avenidas de las citas
hoy mudas y desiertas,
recuerdan, con su olor a hojas marchitas,
un cementerio de esperanzas muertas.

E inmóviles, los árboles escuetos,
en el gris de la niebla amortajados,
parecen esqueletos,
en gesto de dolor petrificados. 

Y el agua, que solloza desolada,
al salpicar el mármol de la fuente,
es un alma celosa, condenada
a llorar su traición eternamente. 

Blancas manos de ensueños que cuidasteis
del jardín de mis últimos amores,
¿por qué, por qué dejasteis
secar las ramas y morir las flores?