Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895)



Para entonces

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo.

No escuchar en los últimos instantes,
ya con el cielo y con el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.

Morir cuando la luz triste retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira;
algo muy luminoso que se pierde.

Morir, y joven; antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona,
cuando la vida dice aún: «Soy tuya»,
aunque sepamos bien que nos traiciona.

Del libro azul

Si mi secreto queréis que os diga,
cerrad, si os place, vuestro balcón:
temo que un Silfo, mi buena amiga,
en sus alitas llevar consiga
átomos de oro de mi pasión.

¿Queréis que os hable de mis amores?
Pues aguardemos a que las flores
quietas se duerman en el jardín;
odio las brisas por lo curiosas,
y me recato de aquel as rosas
que aquí perfuman el camarín.

Ya veis, señora, si soy discreto,
si avaricioso guardo el secreto,
de luz, de aroma, de brisa y flor;
mi alma es sagrario y urna cerrada,
donde lo llevo, perla guardada
en concha nácar, nido de amor.

Nadie lo sabe, nadie ha podido,
luz o silencio, sombra o ruido
este secreto nunca saber.
Entre sus hojas, cual la violeta,
va con mi alma, dormida y quieta,
la casta imagen de esa mujer.

Soy como avaro que su tesoro,
sus ricas perlas, sus torres de oro,
guarda en el fondo de viejo arcón;
y cuando mi alma siente tristeza,
para ahuyentarla con su riqueza
va de puntillas al corazón.

Contemplo el oro de su cabello,
sus ojos claros, su terso cuello,
sus brazos blancos de rosa-té;
y porque no entre la luz curiosa,
mis ojos luego cierra medrosa,
¡pensando acaso que el Sol nos ve!

Si mi secreto queréis que os diga,
cerrad entonces vuestro balcón:
temo que un Silfo, mi buena amiga,
en sus alitas llevar consiga
átomos de oro de mi pasión.

Crepúsculo

La tarde muere: sobre la playa
sus crespas olas la mar rompió;
deja que pronto de aquí me vaya,
que ya la Tierra se obscureció.

Ven a mi lado, suelta los remos;
ven, un momento reposa aquí,
y los luceros brotar veremos
en ese manto de azul turquí.

No temas nada; la mar se calma,
las olas duermen: ¡aquí está Dios!
Ven, y juntemos alma con alma
para que juntas digan adiós.

La noche llega: de joyas rica,
sus negros cofres abre al volar,
y tu flotante falda salpica
la blanca espuma que forma el mar.

Corre la ola tras de la ola,
en pos de Vésper, Sirio brotó:
todo se busca; la playa sola
como enlutada despareció.

Deja que agiten tu negra trenza
las frescas brisas al revolar;
ya la tranquila noche comienza
y entre las sombras se puede amar.

El alto faro su luz enciende,
las anchas velas se pierden ya,
el pez saltando las olas hiende
y la gaviota dormida está.

Dame tus manos: quiero tenerlas,
para abrigarme con su calor:
cárcel de conchas tienen las perlas,
¡cárcel de almas tiene el amor!

En esta débil barca que oscila
sobre el abismo vamos los dos:
amor escondes en tu pupila,
como en los cielos se oculta Dios.

Abre los ojos: no mires triste
cómo las olas van a morir;
se abre el abismo, como tú abriste
tu alma de virgen al porvenir.

La blanca estela que el barco deja
cual vía láctea del mar se ve,
ven: mientras tibia la luz se aleja,
en mis rodilas te sentaré.

Entre corales, Nereida hermosa
su rubia trenza torciendo está;
con verdes ojos nos ve envidiosa
y a flor del agua se asoma ya.

Ufano riza tu cabellera
el aire blando que sopla aquí;
las olas mueren en la ribera,
mas tu cariño no muere en mí.

Si tienes miedo, secreto nido
entre mis brazos te formaré,
y como a niño que va dormido
con anchas pieles te cubriré.

Gimiendo el agua la barca mece;
la blanda brisa te arrullará,
mientras mi mano que se entumece,
entre tus bucles se esconderá.

Mira: mi remo las olas abre,
hacia la playa tuerzo el timón.
Su negro seno la mar entreabre,
¡pero más negros tus ojos son!