Ramón Pérez de Ayala (1881-1962)



Castilla

Cruzan por tierra de Campos, desde Zamora a Palencia
-que llaman tierra de Campos los que son campos de tierra-.
Hacen siete la familia: buhonero, buhonera,
los tres hijos y dos burras, flacas las dos y una ciega.

En un carricoche lento, bajo la toldilla, llevan
unas pocas baratijas y unas pocas herramientas
con que componer paraguas y lañar vajilla en piezas;
tres colchoncillos de estopa, tres cabezales de hierba
y tres frazadas de borra: toda su casa y hacienda.

Cae la tarde. La familia marcha por la carretera.
Dan rostro a un pueblo de adobes que sobre un teso se otea.

Dos hijos, zagales ambos, van juntos, de delantera.
Uno, bermejo, en la mano sostiene una urraca muerta.

El padre rige del diestro las borricas, a la recua.
Viste blusa azul y larga que hasta el tobillo le llega,
la tralla de cuero al hombro, derribada la cabeza.
A la zaga del carrillo, despeinada, alharaquienta,
ronca de tanto alarido, las manos al cielo abiertas,
los pies desnudos a rastras, camina la buhonera.

Pasa la familia ahora junto al solar de las eras.
Éste trilla, aquél aparva, tal limpia y estotro ahecha.

Un gañán, riendo, grita: – “¿Hubo somanta, parienta?”.
La familia sube al pueblo y acampa junto a la iglesia.
“¿Qué ocurre, buena señora? ¿Por qué así gime y reniega?”
“Mi fija que se me muere, mi fija la más pequeña.”
“¿Dónde está, que no la vemos?” – “Dentro del carrico pena.
Anda más muerta que viva.” Nunca tal cosa dijera.
Van las mujeres de huída clamando: – “¡Malhaya sea!
La peste nos traen al pueblo. Échalos, alcalde, fuera.
Suban armados los mozos. Llamen al médico apriesa”.
El médico ya ha llegado. Mirando está ya a la enferma:
una niña de ocho meses que es sólo hueso y pelleja.
“Vecinas, ha dicho el médico, no hay peste, esto es epidemia.
La niña se ha muerto de hambre. Y al que se muere lo entierran.”

“Lleva la bisutería; alma, vida, princesa.
Lleva la bisutería contigo bajo la tierra.
Pendientes de esmeralda en las orejas.
Al cuello, el collar de turquesas.
En el pelo dorado, las doradas peinas.
Llévalo todo, todo. Nada, nada nos queda.”

Campanas tocan a gloria. Marchan por la carretera,
cruzando tierra de Campos, desde Zamora a Palencia.

Para un poeta joven

El papel sustituye al oro.
Hay más producción y más hambre.
La humana voz, divino tesoro,
es ya un sonido sin alambre.
El arte escénico, el estambre
que tejía ensueños, hoy en día
es «cine» incoloro y sonoro.
Terpsícore ha perdido su decoro.
Sinfonía es algarabía.
¿Qué será de la Poesía?

El inmarcesible semita,
o le acogotan o acogota.
Al as y al rey falla la sota,
y al sobrio canon de Afrodita
vence la Venus hotentota.

Son homólogos mitin y misa.
Un duce a Dios piden las ranas.
El nuevo Estado está en mangas de camisa.
El jazz ahoga a las campanas.
En lugar de minués y pavanas,
la danza negra de las bananas.

La humanidad parece una estampa
que al propio Goya desconcertaría.
Todo se lo lleva la trampa.
¿Qué será de la Poesía?

Y esto no obstante… Sin embargo…
Todo está recreándose de nuevo.
La vida es corta, pero el arte es largo.
Hay que comenzar desde el huevo.

Si es caótica la situación,
como en el Génesis para Jehová,
tanto más tentadora es la ocasión
de iluminar el más allá.

¿Hacia dónde se halla la meta?
Tiene la palabra el Poeta.